lunes, 11 de agosto de 2008




La muchacha que yace en ese ataúd blanco,no hace dos días coloreaba tarjetas postales, sentada bajo el emparrado.Y ahora hela aquí aprisionada, inmóvil, en ese largo estuche de madera, en cuya tapa han encajado un vidrio para que sus conocidos puedan contemplar su postrera expresión.

Me acerco y miro, por primera vez, la cara de un muerto.

Veo un rostro descolorido, sin ni un toque de sombra en los anchos párpados cerrados. Un rostro vacío de todo sentimiento.

Esta muerta, sobre la cual no se me ocurriría inclinarme para llamarla porque parece que no hubiera vivido nunca, me sugiere de pronto la palabra silencio.

Silencio, un gran silencio, un silencio de años, de siglos, un silencio aterrador que empieza a crecer en el cuarto y dentro de mi cabeza.

Retrocedo y, abriéndome paso con nerviosa precipitación entre mudos enlutados, alcanzo la puerta, después de haber tropezado con horribles coronas de flores artificiales.

Atravieso casi corriendo el jardín, abro la verja. Pero afuera, una sutil neblina ha diluido el paisaje y el silencio es aun más inmenso.

Desciendo la pequeña colina sobre la cual la casa está aislada, como una tumba, y me voy, a bosque traviesa, pisando firme y fuerte, para despertar un eco. Sin embargo, todo continua mudo y mi pie arrastra hojas caídas que no crujen, porque están húmedas y como en descomposición.

Esquivo siluetas de árboles, a tal punto estáticas, borrosas que de pronto alargo la mano para convencerme de que existen realmente.

Tengo miedo. En aquella inmovilidad y también en la de esa muerta estirada allá arriba, hay como un peligro oculto.

Y porque me ataca por primera vez reacciono violentamente contra el asalto de la niebla.¡Yo existo, yo existo! -digo en voz alta- y soy bella y feliz, si, ¡feliz!; la felicidad no es más que tener un cuerpo joven y esbelto y ágil.

No obstante, desde hace mucho, flota en mí una turbia inquietud. Cierta noche, mientras dormía, vislumbré algo, algo que era tal vez era su causa. Una vez despierta, traté en vano de recordarlo. Noche a noche he tratado, también en vano, de volver a encontrar el mismo sueño.

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